La mamá de mi mejor amigo

Conocía a Laura desde que tenía trece años.

La primera vez que entré a su casa todavía usaba el uniforme de la secundaria: suéter verde, pantalón gris a cuadritos y unos zapatos negros que mi mamá insistía en comprarme una talla más grande «para que me duraran». Diego llevaba exactamente el mismo uniforme, solo que el suyo siempre estaba hecho un desmadre.

Vivíamos a unas calles de distancia, por la zona entre Aztecas e Imán, así que después de clases era normal terminar en su casa o en la mía. A veces hacíamos la tarea. La mayoría de las veces jugábamos videojuegos, veíamos películas o simplemente perdíamos el tiempo hasta que alguno de nuestros padres empezaba a preguntar dónde chingados estábamos.

También era normal que alguno se quedara a dormir en casa del otro. Había empezado en secundaria, con videojuegos y películas hasta tarde, y con los años se volvió algo tan común que nuestros padres ni siquiera preguntaban demasiado.

Durante años, Laura fue solamente eso: la mamá de Diego.

La que abría la puerta cuando yo tocaba. La que gritaba desde la cocina:

—¡Diego, ya llegó Andrés!

La que nos preguntaba si teníamos tarea. La que compraba refrescos porque sabía que yo iba a terminar ahí tres tardes por semana. La que podía entrar al cuarto sin tocar, arrugar la nariz y decir:

—Huele a patas. Abran una pinche ventana.

Y largarse como si nada.

Laura siempre había sido bonita. Eso lo sabía incluso entonces. Morena, ojos negros enormes, cabello oscuro y una sonrisa fácil, de esas que le cambiaban toda la cara cuando algo de verdad le daba risa.

También era diferente a las mamás de casi todos nuestros amigos.

Mucho más abierta.

Demasiado abierta, según Diego.

El papá de Diego se había ido de la casa cuando yo tenía catorce y Diego trece. Se divorciaron y, aunque él siguió viendo a su hijo, Laura se quedó viviendo ahí con Diego. Nunca hizo demasiado drama frente a nosotros.

Podía hablar del divorcio, del alcohol, de novios o de sexo con una naturalidad que a Diego le cagaba.

Una vez, cuando ya estábamos en la prepa, soltó durante la comida que si algún día Diego llevaba a una novia a la casa prefería saberlo y que hubiera condones a que «hicieran alguna pendejada».

Diego casi se murió.

—Mamá, por favor.

—¿Qué? Prefiero que no seas idiota.

Yo tampoco sabía dónde mirar.

Laura me vio.

—¿A poco no, Andresito?

—No me meta en esto, señora.

—Y no me digas señora. Tengo treinta y tantos, no setenta.

Así era.

Y quizá por eso tardé tanto en darme cuenta de cuándo empezó el problema.

Fue en la prepa.

No sé exactamente qué día. No hubo un rayo bajando del cielo ni una revelación pendeja. Simplemente un día la vi de verdad y pensé:

No mames. La mamá de Diego está bien buena.

No encontré una forma más elegante de decirlo entonces y tampoco la encuentro ahora.

Estaba bien buena.

Tenía una cara preciosa y un cuerpo que yo simplemente no había registrado antes: voluptuosa, cintura marcada, caderas anchas y unas tetas abundantes que hasta una playera cualquiera hacía difícil ignorar.

A partir de ahí fue una chinga.

Porque seguía siendo Laura.

Seguía preguntándome si quería comer.

Seguía regañando a Diego.

Seguía llamándome Andresito.

Y yo tenía que recordarme constantemente que era la mamá de mi mejor amigo.

Nunca pasó nada.

Ni una insinuación.

Ni una mirada rara.

Nada.

Yo podía quedarme viéndola algún segundo de más cuando ella no se daba cuenta, pero hasta ahí.

Terminamos la prepa y entramos a la universidad.

Yo tenía diecinueve años. Diego, dieciocho. Laura acababa de cumplir treinta y nueve.

Diego se metió a QFB. Después de escucharlo decir un par de veces «Química Farmacéutico Biológica», todos empezamos a decir simplemente QFB.

Yo entré a Arquitectura.

Los dos en CU.

Seguíamos viviendo cerca y seguíamos siendo igual de amigos, pero por primera vez desde la secundaria nuestros horarios dejaron de ser copias uno del otro.

Diego podía entrar temprano a laboratorio cuando yo empezaba hasta el mediodía. Yo podía quedarme hasta la noche con una maqueta mientras él ya estaba en su casa.

Además, empezó a juntarse con gente nueva de QFB. Dos de los cabrones con los que más se llevaba vivían hasta Tlalnepantla y a veces, cuando salían de fiesta o terminaban muy tarde, Diego prefería quedarse con ellos antes que atravesar media ciudad de madrugada.

Aun así, yo seguía cayendo a su casa.

A veces estaba Diego.

La mayoría de las veces, de hecho.

Y eso importó después.

Porque lo que pasó con Laura no empezó porque un día nos quedáramos solos por casualidad.

Empezó casi frente a él.

Una tarde estábamos los tres en la cocina. Diego llevaba como veinte minutos quejándose de un profesor.

—Te juro que ese cabrón disfruta reprobar gente —dijo.

Laura puso tres vasos sobre la mesa.

—Llevas un mes en la universidad y ya estás traumatizado.

—No es trauma.

—Claro que sí.

Después me miró.

—¿Y tú, Andrés? ¿Ya te traen de esclavo en Arquitectura?

—Todavía no.

—Espérate a las maquetas.

Diego soltó una risa.

—Ya se siente arquitecto.

—Por lo menos yo sí sabía qué quería estudiar.

—Cállate.

Laura se sentó frente a nosotros.

—¿Y novia?

La pregunta fue para mí.

Diego dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Mamá.

—¿Qué?

—Déjalo en paz.

Laura ni siquiera lo miró.

—Estoy hablando con él, no contigo.

La frase me dio risa.

La había escuchado cien veces.

Pero esa tarde me pegó distinto.

—No tengo novia —dije.

—¿Nada?

—Nada serio.

—Ah.

Ese «ah» hizo que levantara la vista.

Laura sonrió como si no hubiera dicho nada.

Diego siguió hablando.

Yo ya no lo estaba escuchando.

A partir de ahí empecé a notar pequeñas cosas.

Tan pequeñas que durante semanas pude convencerme de que me las estaba inventando.

Laura dejó de decirme Andresito todo el tiempo.

No por completo.

A veces lo usaba precisamente porque sabía que me cagaba.

Pero otras veces era:

—Andrés, pásame eso.

—Andrés, dile a Diego que baje.

—Andrés, ¿quieres café?

Mi nombre en su boca empezó a sonar distinto.

O quizá yo estaba bien pendejo.

Una noche Diego estaba buscando una chamarra arriba y yo ya me iba.

Laura me acompañó a la puerta.

—¿Mañana entran temprano?

—Yo no.

—Qué vida.

—No todos estudiamos QFB.

Se rio.

Se acercó para despedirse como siempre.

Solo que esta vez no buscó exactamente mi mejilla.

Su boca cayó tan cerca de la mía que sentí el borde de sus labios en la comisura.

No fue un beso.

O no uno completo.

Pero tampoco supe si realmente había fallado la mejilla.

Los dos nos quedamos quietos.

Laura fue la primera en separarse.

—Perdón —dije.

Ni siquiera sé por qué me disculpé yo.

Ella me miró.

—¿Por qué?

Antes de que pudiera contestar escuchamos a Diego bajando las escaleras.

—¡Güey, espérame!

Laura abrió la puerta.

—Nos vemos, Andrés.

Cinco minutos después iba caminando junto a Diego.

Él hablaba de no sé qué cosa de la universidad.

Yo asentía.

Y cada cierto tiempo pensaba:

Tu mamá me besó prácticamente en la boca.

Obviamente no le dije nada.

Durante los días siguientes Laura actuó como si nada hubiera pasado.

Eso me jodió más.

La veía con Diego.

Comíamos los tres.

Ella se burlaba de nosotros.

Yo me encontraba esperando alguna señal y después me daba vergüenza conmigo mismo.

Una tarde levanté la vista y Laura ya me estaba mirando.

Duró un segundo.

Quizá menos.

Ella siguió hablando con Diego.

Yo también.

Pero ya había algo.

Todavía no sabía qué.

Unos días después, Diego fue por unas cervezas a la tienda de la esquina y nos dejó solos en la sala.

Laura estaba sentada en el brazo del sillón.

—¿Sigues pensando en el otro día?

Sentí que el estómago se me apretaba.

—Pensé que había sido un accidente.

Sonrió.

—¿Y si sí?

No supe qué contestar.

Laura inclinó un poco la cabeza.

—¿Y si no?

Escuchamos la reja de afuera.

Diego regresaba.

Laura se levantó.

—¿Compraste las frías? —le gritó.

Y se acabó.

Así era con ella.

No hacía demasiado.

Ese era justamente el problema.

Hacía tan poco que siempre podía convencerme de que me lo estaba imaginando.

Hasta que un jueves dejó de ser posible.

Yo me iba de su casa. Diego estaba arriba bañándose porque íbamos a salir.

Laura abrió la puerta.

—Nos vemos, Andrés.

—Nos vemos.

Se acercó.

Esta vez no buscó mi mejilla.

Me dio un beso corto en los labios.

Nada más.

Uno o dos segundos.

Después se apartó.

Me quedé mirándola.

—¿Eso también fue un accidente?

Laura sonrió.

—Ese no.

Desde arriba se escuchó la voz de Diego.

—¡Ya voy, güey!

Laura abrió la puerta como si nada.

—Te está esperando tu novio.

—No mames.

Se rio.

Salí.

Y esa noche estuve con Diego varias horas mientras una sola idea me daba vueltas en la cabeza:

Su mamá me había besado.

No accidentalmente.

La lluvia llegó la semana siguiente.

Yo había quedado de verme con Diego en su casa después de clases. Él seguía en CU y yo llegué primero.

Laura me abrió.

—Todavía no llega.

—Ya sé. Me dijo que lo esperara aquí.

—Pues pasa.

Entré como siempre.

Afuera empezaba a llover. Al principio no parecía gran cosa. Me senté en la sala y le mandé un mensaje a Diego.

Yo: Ya estoy en tu casa.

Diego: Va. Acá está cayendo durísimo. No voy a salir hasta que baje porque me voy a empapar. En cuanto pare, regreso.

Laura apareció con dos tazas de café.

—¿Qué dice?

—Que se va a esperar en CU hasta que baje.

Miró hacia la ventana.

—Hace bien. Con estas lluvias luego se inunda Imán y se hace un desmadre.

Se sentó.

—Entonces te toca esperarlo conmigo.

—Qué sacrificio.

—Pobre de ti.

Sonrió.

La lluvia aumentó hasta golpear los vidrios con fuerza. Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa: de Diego, de la universidad, de una entrega que yo tenía la semana siguiente.

Pero ya no era como antes.

Después del beso de la puerta, cada silencio tenía otro peso.

Laura dejó la taza.

Me miró un instante.

—Vienes muy callado.

—Tú tienes la culpa.

—¿Yo?

—No te hagas.

Sonrió.

Después se levantó y caminó hasta donde yo estaba.

—¿Esto?

Me besó.

No como en la puerta. Esta vez no fueron dos segundos.

Laura se inclinó y me agarró la playera por el pecho, jalándome hacia ella mientras su boca se abría contra la mía. El beso fue inmediato, desordenado y profundo. Le apreté la cintura y la sentí de lleno contra mí.

Nos separamos apenas un segundo para respirar y volvimos a pegarnos. Ella me buscó la mandíbula, el cuello, el labio inferior. Yo le mordí el de arriba. Laura soltó un sonido bajo y me empujó contra la pared. Mis manos bajaron a sus nalgas y ella se frotó más contra mí.

Bajé la cabeza. Le besé el cuello, la clavícula y seguí hasta el escote. Cuando quise bajar más, me agarró del cabello y me hizo volver a su boca.

—Todavía no —dijo sonriendo—. Qué ansias.

Le metí las manos por debajo de la blusa. Toqué la espalda, subí hasta el brasier y metí una mano por debajo. El pezón se endureció contra mi palma. Laura arqueó la espalda y se frotó más fuerte contra mi pito.

Nos movimos hacia el sillón. Tropecé con la mesa. Ella se rio entre besos y me empujó para que cayera sentado. Se subió a horcajadas encima de mí.

—Mierda...

Empezó a balancearse despacio. La fricción del pantalón era una tortura. Le agarré las nalgas y la apreté más contra mí. Laura bajó una mano, desabrochó el botón, bajó el cierre y la metió dentro del bóxer.

Su mano me rodeó la verga y empezó a moverse despacio. Yo le subí la blusa, le bajé un poco el brasier y le chupé un pezón. Laura soltó un gemido contra mi oído y apretó un poco más.

—Así... —susurró—. Qué dura la traes, Andrés.

Que dijera mi nombre así me terminó de prender. Yo seguía con la boca en su pecho mientras ella aceleraba la mano.

—Laura... me voy a...

El teléfono vibró.

Ninguno de los dos se movió.

Volvió a vibrar.

Laura dejó la mano quieta dentro de mi bóxer.

—No mames...

Agarré el celular con la otra mano.

Diego: Ya está bajando. En cuanto pare bien, me regreso.

Me quedé viendo el mensaje como un pendejo.

—Ya va a venir.

Laura sacó la mano despacio. Seguía encima de mí y los dos respirábamos como si hubiéramos corrido.

—Todavía tarda un poco —dije.

—Sí, pero ya viene. —dijo.

Nos quedamos así unos segundos más, sin ganas de separarnos.

Después sí nos arreglamos. Laura se acomodó la blusa y yo cerré el pantalón como pude.

Seguía con el pito durísimo.

Laura lo notó y se rio.

—No te rías, cabrona.

—Perdón.

—No estás perdonada.

Eso la hizo reír más.

—Siéntate.

—¿Para qué?

—Para que no sea lo primero que vea mi hijo cuando entre.

—Gracias por la ayuda.

Me senté en el sillón y me puse la mochila sobre las piernas.

Unos minutos después escuchamos la reja.

Diego entró sacudiéndose la chamarra húmeda.

—Está de la chingada afuera.

Laura salió de la cocina como si nada.

—Te dije que te esperaras.

Diego me miró.

—¿Qué pedo contigo?

—¿Qué?

—Estás bien raro.

—No estoy raro.

—Sí estás.

Me acomodé la mochila delante antes de levantarme.

—Mi mamá me escribió. Necesita que le ayude con una cosa.

—¿Ahorita?

—Sí.

—Pero si apenas dejó de llover.

—Precisamente.

Diego me miró sin entender ni un carajo.

—¿Seguro?

—Sí, güey. Al rato te escribo.

—Va.

No quería mirar a Laura, pero lo hice.

—Nos vemos, Andrés —dijo como si nada.

—Nos vemos.

Caminé las cuadras a mi casa bajo la llovizna. La erección se me bajó al rato. Las ganas de volver a verla, no.

El viernes salí con unos compañeros de Arquitectura a tomar cerca de CU. Cervezas, luego un par de caballitos de tequila. Venía entonado y más hablador de lo normal, pero estaba bien.

Regresé caminando hacia mi calle. Al doblar cerca de la casa de Diego, la vi llegar.

Laura venía de una cena de cumpleaños con unas amigas después del trabajo. Traía un vestido ajustado, los labios más rojos de lo normal y el pelo suelto. Olía a perfume y a vino. Se veía de buen humor.

Me vio y se detuvo junto a la reja con las llaves en la mano.

—¿Andrés?

—Hola.

Se me quedó viendo y se rio.

—Vienes alegre, muchacho.

—Tú tampoco vienes precisamente sobria.

—Me tomé un par de copas con mis amigas. No exageres.

—Yo nada más digo.

—Sí, cómo no —dijo mientras abría la reja—. ¿Vas a caminar a tu casa así?

—Estoy a cinco minutos.

—Pasa. Te hago un café antes de que llegues oliendo a cantina.

Entramos. La casa estaba en silencio. Miré hacia las escaleras.

—¿Diego?

—Se fue a Tlalnepantla con los de QFB. Me avisó que se queda a dormir allá.

—Ah.

Traté de que no se me notara demasiado.

En la cocina tomamos agua, café y comimos algo. Nos quedamos hablando un buen rato. Para entonces yo ya estaba bastante despejado y Laura también.

En algún momento sacó una botella y sirvió apenas un poco en dos vasos.

—Uno chiquito —dijo.

Me contó un par de chismes de la cena y se burló de una de sus amigas. Me gustaba verla así, hablando de cosas que no tenían nada que ver con Diego.

Al rato apoyó los codos en la barra y me miró.

—Oye... ¿todavía estás molesto por lo de la lluvia?

—¿Por haberme tenido que ir así?

Sonrió.

—Exactamente.

—No fue culpa tuya. Llegó Diego.

—Detalles.

Nos quedamos callados.

Mi teléfono vibró. Era mi mamá preguntando si iba a llegar.

Escribí: Me quedo a dormir en casa de Diego. No me esperen.

Mandé el mensaje. Llevaba años quedándome ahí, así que no tenía nada de raro.

Laura alcanzó a ver la pantalla.

—Qué conveniente.

—Técnicamente sí estoy en casa de Diego.

—Técnicamente eres un mentiroso.

Me reí.

Cuando volví a mirarla ya no nos estábamos riendo.

Nos acercamos casi al mismo tiempo.

Fuimos al sillón. Esta vez no había prisa.

Nos quedamos de pie un rato, besándonos despacio. Le subí la blusa poco a poco, besándole el vientre y la parte de abajo de las tetas. Cuando se la quité y le retiré el sostén, me quedé mirándola. Tenía los pezones oscuros y ya duros. Los toqué y después le chupé uno. Laura me agarró del cabello y soltó el aire despacio. Me demoré porque me gustaba escuchar cómo le cambiaba la respiración.

Ella me quitó la playera. Nos quedamos en ropa interior: yo con el bóxer, ella con una tanga negra. El vello se asomaba por los lados.

Laura me empujó para que me sentara y se subió encima, todavía con la tanga puesta. Empezó a frotarse despacio. Yo sentía la humedad de la tela cada vez que bajaba y el roce me estaba volviendo loco. Le agarré las nalgas con las dos manos mientras ella gemía contra mi cuello.

—Se siente rico así... ¿Te gusta?

—No mames, Laura.

Se rio y siguió moviéndose.

Ya sentía el bóxer húmedo. Yo le chupaba las tetas mientras ella se frotaba encima de mí.

Después se paró, se arrodilló entre mis piernas, me bajó el bóxer y me tomó la verga con la mano. Me miró desde abajo y se la metió en la boca. Empezó despacio y luego fue bajando más. Yo le agarraba el cabello y trataba de no venirme demasiado rápido.

Cuando sintió que estaba cerca, se detuvo, se quitó la tanga y se volvió a subir. Me agarró la verga, la acomodó y bajó despacio hasta quedar sentada por completo sobre mí.

Laura soltó un gemido largo y cerró los ojos un segundo.

—Mmm... así.

Empezó a moverse despacio. Yo le agarraba las nalgas y sentía cómo me apretaba cada vez que bajaba. Al principio la dejé llevar el ritmo. Después empecé a acompañarla con las caderas.

Me la estoy cogiendo, pensé mientras la miraba. A la mamá de Diego. Y le está gustando.

Después se bajó y se puso de rodillas en el sillón, de espaldas a mí.

—Así... quiero sentirte más.

Entré por detrás. Laura empujó las caderas hacia atrás y soltó un gemido que se le quebró en la garganta. Le agarré las nalgas y empecé despacio, hasta encontrar el ritmo en el que ella empezó a moverse conmigo.

—Así, Andrés... no pares.

A partir de ahí dejé de pensar tanto. El sillón crujía, ella gemía y yo sentía cómo sus caderas volvían a buscarme cada vez que me separaba.

Más tarde se giró, se acostó de espalda y me jaló encima. Ahí podía verla de cerca. Laura me agarraba de la espalda y yo la besaba mientras seguía moviéndome.

Cerca del final lo notó enseguida. Me miró a los ojos.

—Adentro no.

Me empujó el pecho para que saliera y me agarró la verga con la mano.

—Ven... quiero verte la cara.

Me masturbó mirándome. Yo ya estaba al límite y no tardé mucho.

—Mierda... Laura.

Me vine sobre su abdomen y la parte de abajo de las tetas. Se me tensó todo el cuerpo. Ella siguió moviendo la mano hasta que terminé y después se rio, todavía sin aire.

—Mira nada más.

Nos quedamos un rato respirando. Yo todavía sentía el temblor en las piernas. Fuimos por agua y nos limpiamos.

Subimos a su cuarto.

El cuarto olía a su perfume. Había ropa sobre una silla, un libro abierto en el buró, unas cremas, sus cosas. Yo había pasado años frente a esa puerta sin pensar demasiado en lo que había detrás.

Nos acostamos desnudos. Al principio solo nos quedamos de lado, besándonos despacio. Le pasé la mano por la cadera y subí hasta el pecho. Laura me miró con los ojos medio cerrados.

Poco a poco volvimos a calentarnos.

Esta vez fue ella la que bajó primero. Se metió entre mis piernas, me tomó la verga con la mano y empezó a chupármela despacio. Yo seguía sensible de la primera vez, así que cada cambio de ritmo se sentía mucho más. Le pasé los dedos por el cabello y traté de aguantar.

Cuando notó que estaba acercándome otra vez, se detuvo y subió hasta quedar a mi lado.

—Ahora tú.

Se acostó de espalda y abrió las piernas.

Bajé entre sus muslos. Ya sabía hacerlo, pero con Laura era otra cosa. Fui probando despacio hasta que sentí cómo se le tensaban las piernas y sus dedos se me metieron en el cabello.

—Ahí... despacio. No pares.

Seguí. Laura empezó a moverse contra mi boca y terminó apretándome la cabeza entre los muslos cuando se vino. Se quedó un momento sin soltarme, respirando fuerte.

Después me jaló hacia arriba, me hizo recostarme y se montó otra vez.

Esta vez ya no estaba tan nervioso. Laura se movía más despacio que en la sala y se inclinaba a besarme cada pocos segundos. Yo le tocaba las tetas, las caderas, las nalgas. Ya empezaba a saber cuándo quería acelerar y cuándo quería quedarse así.

El ritmo fue subiendo poco a poco. Cuando sintió que yo volvía a acercarme al límite, Laura se detuvo y se bajó.

Pensé que iba a cambiar de posición, pero volvió a arrodillarse entre mis piernas.

—Laura...

Me miró y volvió a metérsela en la boca.

Yo ya estaba demasiado sensible. Le avisé cuando sentí que me venía, pero no se apartó.

Terminé en su boca. Me quedé con las piernas tensas y la respiración deshecha mientras ella seguía ahí un momento antes de separarse.

Laura se limpió la comisura con el pulgar y me miró.

—¿Todo bien, arquitecto?

—Cállate.

Se rio y se acostó a mi lado.

Nos quedamos un rato sin movernos. Tomamos agua y acabamos medio dormidos entre las sábanas revueltas.

Ya muy entrada la madrugada nos volvimos a buscar. Fue distinto: más lento, cansados y casi sin hablar. Solo nos quedamos pegados un buen rato hasta que el sueño terminó ganándonos.

Cuando empezó a aclarar afuera yo seguía despierto.

Estaba agotado.

Laura también.

Me quedé mirando el techo de su cuarto.

—Mis papás creen que estoy aquí con Diego —dije.

Laura soltó una risa baja.

—Estás en su casa. —dijo.

—Eres una pésima persona —dije.

—Tú mandaste el mensaje —dijo.

Me reí.

Por primera vez en toda la noche pensé de verdad en el día siguiente.

En Diego.

En llegar a desayunar a mi casa.

En volver a CU.

En actuar como si nada hubiera cambiado.

Y entendí que eso iba a ser mucho más difícil que cualquier cosa que hubiera pasado esa noche.

No fue la última vez.

Al principio seguimos midiendo horarios, mensajes y cualquier posibilidad de que Diego apareciera.

Después empezamos a encontrar nuestros huecos.

Una mañana, Diego salió temprano a laboratorio y yo entraba hasta el mediodía.

Otra tarde tuve varias horas libres entre clases.

Hubo días en los que llegué realmente a buscar a Diego y otros en los que los dos sabíamos perfectamente que solo quedábamos para coger.

No siempre pasaba algo.

A veces tomábamos café, hablábamos y yo me iba.

Otras veces bastaba con que Laura abriera la puerta y me mirara para que los planes cambiaran.

Durante los siguientes semestres aquello se volvió parte de mi vida universitaria.

Diego seguía siendo mi mejor amigo.

Laura seguía siendo su mamá.

Y conmigo se había convertido en algo que ninguna de esas dos frases alcanzaba a explicar.

Con ella aprendí bastante.

Yo fui entendiendo que no servía de mucho repetir con ella lo que me había funcionado con otras. Tenía que poner atención a Laura.

Y con el tiempo también dejé de sentir que ella siempre iba un paso delante de mí.

Empecé a conocerla de otra manera.

A saber cuándo quería que tomara yo la iniciativa y cuándo prefería hacerlo ella.

Durante esos semestres seguimos entrando y saliendo de aquella casa como si nada.

Diego y yo hablando de la universidad.

Laura preguntándonos si queríamos comer.

Yo contestando que sí.

Y alguna mirada, algún roce o alguna frase que solo ella y yo entendíamos.

Conocía a Laura desde que tenía trece años.

Pero fue durante la universidad cuando dejé de conocerla solamente como la mamá de mi amigo.

Comments 0

Join the conversation Log in to rate and comment on this story Log in

Be the first to comment on this story.