Instinto de supervivencia

El reloj marcaba las 06:15 de la tarde, Claudia llegaría en cualquier momento y yo no terminaba de alistarme. Se supone que iríamos a bailar para que ella pudiera olvidar su mal de amores. Su vigésimo sexto mal de amores si éramos completamente honestas. Pero no me importaba, me encantaba salir a bailar con ella. Sobre todo, cuando estaba triste. No me malentiendan, no es que me gustara verla sufrir. Odiaba que desperdiciara tanta energía y máscara de pestañas en esos idiotas. No obstante, solo en estos momentos ella se olvidaba de que según ella “no le gustaban las mujeres” y se pegaba de más a mí. Estaba casi segura de que ella sabía lo que yo sentía por ella, o por lo menos lo suponía.

Nunca me había atrevido a hacer nada más que dejar que se acercara mucho a mí durante los bailes y me recorriera con las manos el torso, el cuello... En una ocasión metió los dedos en mi cabello y puedo jurar que tiró de él con suavidad; se me escapó un gemido ronco, recuerdo. Sigo esperando que ella no lo haya oído. Cualquiera diría que era claro que ella estaba interesada en mí, pero la realidad es que era coqueta, sensual y muy cómoda con ella misma. Como hacía todo eso conmigo, podría hacerlo con cualquiera. Cuando tengo estas oportunidades me limito a sonreír y rogarle a Dios que la noche no acabe nunca.

Después de estos encuentros siempre regresaba a mi apartamento borracha, cansada y con ganas de matarla o matarme. Sí, un clásico, ya sé: estar enamorada de tu mejor amiga. Pero no podía evitarlo. Claudia era el tipo de persona que le gustaba a todo el mundo, era carismática, divertida y, para colmo de males, increíblemente atractiva. Y ella lo sabía.

Ensimismada en mis pensamientos, no había notado que el tiempo había seguido pasando y Claudia ya estaba llamando a la puerta. Yo seguía en corpiño y en bragas. Había comprado un conjunto nuevo, muy bonito. Era morado con encaje negro, resaltaba bien mis curvas. Mis senos estaban imponentes y mi culo se veía genial en la tanguita.

De repente se me ocurrió la brillante idea de abrirle la puerta así, sin nada más encima. Nunca me había visto así, pero éramos amigas, ¿no? Conocía a muchas que les modelaban sus conjuntos a sus amigas para obtener aprobación. Ella no tenía por qué saber que era un intento desesperado de mi parte para que me viera como algo más que su mejor amiga.

Antes de acobardarme, fui con paso decidido a la puerta y la abrí de par en par. Claudia estaba parada ahí, preciosa como siempre con su minifalda de cuero, unas pantis de red y una blusa blanca abierta lo suficiente como para que pudieras ver el encaje negro de su corpiño asomando. Estaba maquillada, los labios le brillaban con su característico gloss de vainilla. Había perdido la cuenta de cuántas veces había pensado en si sabría a vainilla si la besaba. Tenía los rulos bien definidos enmarcando su carita. Tan entretenida estaba admirándola que por un momento olvidé que estaba parada en el umbral de mi puerta prácticamente desnuda.

Rebeca me abrió la puerta vestida únicamente con un conjunto de lencería precioso; el color complementaba muy bien su piel morena. Su figura esbelta y tonificada se imponía varios centímetros sobre mí. Mis ojos estaban a la altura de su pecho. Mentiría si dijera que no estaba algo sonrojada. Nunca la había visto así. Ella siempre usaba pantalones anchos y poleras aún más anchas, los cuales no terminaban de disimular su preciosa figura, pero cumplían el trabajo de desviar la atención. Me estaba repasando con la mirada con los labios entreabiertos, como si fuera a decir algo. Las dos nos habíamos quedado así, en un silencio cargado y honestamente incómodo. Sacudí la cabeza y con una sonrisa brillante comenté:

—Wow, te ves espectacular. ¿Es nuevo?

Honestamente no podría importarme menos el conjunto de lencería, pero tenía que decir algo para que no notara el rubor de mis mejillas. Además, deseaba urgentemente distraerme de la curiosidad que había despertado verla así. Siempre había creído que Rebeca me encontraba atractiva, pero nunca había pasado nada. Incluso cuando en más de una oportunidad yo había sido más que descarada bailando con ella, solo sonreía y seguía el baile, pero nunca daba el siguiente paso.

Rebeca y yo nos conocíamos desde la secundaria. Ella había descubierto su gusto por las chicas en esa época; yo, en cambio, había estado ocupada con un novio más o menos estable y no descubrí que era bisexual hasta la universidad. Nunca habíamos vuelto a mencionar el tema desde aquella vez en la biblioteca de la escuela, cuando Rebeca me soltó de sopetón que le gustaban las niñas. Sin saber cómo contestar, le había dicho: “A mí me gustan los niños, no creo que pudieran gustarme las mujeres, pero qué bien por ti. Pronto te conseguiremos una novia”. Y eso había sido todo. Ambas fuimos a diferentes universidades y no fue hasta hace unos tres años que nos volvimos a encontrar de casualidad.

Nuestra amistad se había renovado sin ninguna dificultad. Desde entonces, en más de una oportunidad ella había estado ahí para consolarme cada vez que el siguiente idiota me rompía el corazón. Alguna que otra vez me había sentido tentada a llevar nuestra relación un paso más allá, pero nunca había sabido si era porque estaba despechada (y eso no sería justo para Rebe) o si genuinamente me gustaba.

Ahora no tenía ninguna duda: esta mujer me gustaba. En lo único que podía pensar era en cómo se sentirían sus manos sobre mi piel, si me recorrerían con la misma devoción que su mirada. Sí, acababa de terminar con Marco. Había sido una “relación” corta y turbulenta, como la mayoría de mis cosas. Siempre que terminaba con alguien lo sufría como si lleváramos casados 50 años. La realidad es que le tenía un terror absoluto a ser imposible de amar. Mi padre nos había dejado cuando se enteró de que mi mamá estaba embarazada de mí, y mi mamá me lo había contado muchísimas veces mientras iba creciendo. Obviamente ella no tenía la intención de culparme, siempre decía: “No lo necesitamos, tú y yo estamos bien solas”. Pero desde entonces se había instalado en mi pecho este miedo a que ella tuviera razón, y con cada ruptura se profundizaba la idea en mi cerebro de que efectivamente me iba a quedar sola. Quizá por eso me aferraba con tanta energía a mis parejas, pasándole por alto desaires que jamás debí ignorar con tal de mantener la relación.

Con Rebeca era diferente. Desde el momento en que volvimos a conectar, ella había estado para mí siempre. Como cuando decidí mudarme de la nada un martes a las cuatro de la tarde al otro lado de la ciudad: apareció en mi departamento con cajas y me ayudó a empacar todo. Y ese mismo día en la noche me ayudó a desempacar de nuevo porque decidí que ya no quería mudarme. Nunca me reprochó nada, se rio y nos quedamos bebiendo vino sentadas en el piso, rodeadas de cajas.

—Bueno, ha sido un martes entretenido —había comentado mientras me sonreía y me guiñaba un ojo al terminarse el vino de su copa.

Sí, me gustaba. Pero ¿qué pasaría cuando se diera cuenta de que ya no quería estar conmigo? No quería perder su amistad. Así que, con eso en mente, seguí determinada a hablar del conjunto precioso de lencería como si se tratara de cualquier otra amiga.

Decepcionada, respondí a su pregunta:

—Sí, es nuevo —dije intentando ocultar la frustración en mi voz—. Dame un momento en lo que termino de cambiarme y nos vamos. Puedes ir cogiendo las llaves del carro, están en la mesita en frente del televisor.

Mientras ella pasaba al departamento y hacía lo que le pedía, me di media vuelta y caminé a mi habitación, lista para poner este momento incómodo en el olvido, cambiarme y divertirme en la discoteca. No sé en qué había estado pensando, ¿en que ella se iba a abalanzar sobre mí solo con verme? Seguro seguía pensando en Marco y yo aquí, intentando hacer avances para mi propio beneficio. Me sentía frustrada, avergonzada y culpable.

La discoteca estaba a reventar, habíamos llegado a buena hora. De inmediato, me lancé a la pista de baile jalando conmigo a Rebeca, que estaba taciturna desde el viaje en coche. Le había preguntado si estaba bien; me había mirado y, después de un segundo, sonrió y dijo que sí, que todo estaba bien y que nos íbamos a divertir mucho.

Nuestros amigos todavía no habían llegado. Quería aprovechar cada momento que tuviera con Rebeca a solas, bailando. Sí, ya sé que dije que no quería estar con ella ni llevar la relación más allá. Pero Dios sabe que era demasiado divertido verla perder un poco el control cuando nuestros cuerpos estaban muy cerca. Ella estaba preciosa: se había puesto unos pantalones cargo marrones que le quedaban muy bien, una camiseta beige con corte cuadrado, sus características pulseras y una cadenita en el cuello. Al estar tan cerca, podía percibir el aroma de su perfume, era dulce con toques amaderados. Me encantaba. Estábamos tan cerca, moviéndonos al ritmo de la música. De vez en cuando podía sentir sus ojos en mí; escuchaba su respiración. Sin darme cuenta, me acercaba cada vez más. Mis manos estaban en su cuello. Levanté la vista. Rebeca me miraba con seriedad, y eso era nuevo. Siempre me sonreía en estas situaciones y me alejaba, pero esta vez sus manos estaban en mi espalda baja mientras nos seguíamos balanceando al ritmo de la música.

Esto había empezado como un juego, quería sacarla de quicio como siempre, pero esto era diferente. Sentía como si algo fuera a pasar en cualquier momento.

La tenía así, entre mis brazos, sus ojos verdes mirándome con confusión, pero parecía que había algo más ahí; quería creer que era curiosidad. Me agaché lo suficiente para que mis labios rozaran su oído. Pude sentir cómo temblaba un poco ante la calidez de mi aliento sobre su piel desnuda.

—¿Qué estás haciendo, Clau? —dije. Estaba cansada de este tira y afloja y había preguntado sin pensar. El olor de su piel era intoxicante. Quería más, quería probarla. Mis labios se posaron con suavidad en la base de su cuello. Esperé un segundo a ver si ella se alejaba de mí. No se movió.

Sus labios estaban en mi cuello. Debería estar alejándome, debería estar buscando cuidar nuestra amistad, pero por Dios que quería quedarme donde estaba. Ni siquiera podía atribuírselo al alcohol: no habíamos tomado ni una gota. Antes de que pudiera reponerme, me volvió a besar el cuello, esta vez sintiendo su lengua tímida en mi piel. Sentía que se me aflojaban las piernas.

Dios, sabía dulce. ¿Cómo era eso posible? Ella siempre olía a vainilla, a coco, a chocolate; era lo suyo oler delicioso, pero ¿también saber delicioso? Era una puta injusticia. ¿Cómo iba a alejarme ahora? Mis manos se tensaron alrededor de su cintura. Iba a forzarme a alejarme y disculparme cuando oí un suspiro de placer de su parte y perdí todo el control que había estado intentando reunir. Subí a su oreja de nuevo y prácticamente le ordené que me siguiera.

—Ven —dije con voz firme.

Me alejé de repente de ella, la tomé de la mano y la guié hacia un pasadizo al fondo del salón. Sabía exactamente a dónde la estaba llevando, no por nada había trabajado una temporada aquí como barista. Sabía que había un almacén que rogaba a Dios estuviera vacío. Encontré la puerta sin mucho esfuerzo, giré el pomo y cedió. La jalé con suavidad hacia adentro. Estaba esperando que en algún momento me detuviera o me dijera que todo había sido una broma, pero me seguía en silencio. Me giré hasta estar cara a cara de nuevo. Nuestros cuerpos ya no estaban tan cerca como en la pista de baile, pero no le soltaba la mano. Con mi pulgar hacía círculos en el dorso de su mano.

Era ahora o nunca.

Con la mano libre acaricié su mejilla; parecía que el corazón se me iba a salir del pecho. No se alejó. Con paso tentativo acerqué mi cuerpo al suyo. No se movió, miraba a la base de mi cuello.

—¿Clau? —pregunté. No sé para qué, solo quería saber si estábamos bien, si estábamos en la misma página. Al escuchar su nombre, levantó la vista y nuestras miradas se encontraron. Una sonrisa débil se asomaba en sus labios.

Me miraba con adoración, pero tenía una pequeña arruga en el entrecejo. Sabía que se estaba preguntando en qué estaba pensando, en si estaba bien continuar. Yo me preguntaba lo mismo. ¿Quería esto? ¿Estaba dispuesta a pagar las consecuencias si salía mal? De repente se escuchó un ruido sordo en algún lugar de la oscuridad. Solté un minigrito y me acerqué más por instinto, buscando protección en Rebeca. Sentía su torso pegado al mío, el calor que emanaba de su cuerpo; me sentía cómoda y segura.

Algo se había caído en la habitación en la que estábamos, lo que había provocado que Claudia se acercara a mí por el susto. Estaba tan hermosa con sus ojitos abiertos de par en par por el miedo. No podía más, quería besarla. Ella podría odiarme luego, incluso empujarme, pero no iba a soportar la urgencia que vibraba por mi cuerpo un segundo más. Y a pesar de morirme de deseo por ella, acerqué muy lento mis labios a los suyos, dándole espacio para retroceder en cualquier momento si así lo quería. Estaba a escasos milímetros de tocar sus labios cuando lo vi: algo cambió en su mirada, parecía haberse rendido a lo que sea que le rondaba en la cabeza. Exhaló, sus párpados se cerraron e inclinó el mentón hacia arriba para darme acceso a su boca. Podría haberme muerto de la felicidad ahí mismo.

Nuestros labios finalmente se chocaron y juro por lo que sea que el mundo se detuvo.

No fue un beso romántico de película de princesas, fue torpe, hambriento y desesperado. Ella sabía a ese bendito gloss de vainilla mezclado con el calor de su boca, y la sensación me dejó completamente aturdida. Claudia soltó un suspiro ahogado contra mi boca que terminó de derretirme el cerebro. Mis manos, que hasta hace un segundo no sabían dónde ponerse, terminaron agarrándole la cintura con fuerza, pegándola más a mí como si temiera que se disolviera en el aire.

Ella pasó sus brazos por encima de mis hombros, enredando los dedos en mi cabello y tirando suavemente hacia abajo, justo como lo había hecho aquella vez en la pista de baile pero mil veces más intenso. Se me escapó un gemido patético en medio del beso, pero a estas alturas me importaba un carajo la dignidad.

Nos besamos como si nos estuviéramos cobrando los tres años de espera, los novios idiotas, las noches de consolación y el bendito conjunto morado que casi me mata de un infarto hace media hora. Su lengua buscó la mía con una timidez que duró exactamente dos segundos antes de volverse completamente exigente. Sentir su cuerpo temblar contra el mío en ese almacén oscuro, olfateando a humedad y cajas de cerveza viejas, era la experiencia más surrealista y perfecta de mi vida.

De pronto, se quedó sin aire y se separó apenas un par de centímetros, apoyando su frente contra la mía. Las dos estábamos jadeando como si hubiéramos corrido una maratón. Sus labios estaban hinchados, brillantes y rojos.

—Si esto es una broma por lo de Marco, te juro que te mato, Rebeca —susurró Claudia con la voz rota y un hilo de respiración.

Solté una risita ahogada, todavía borracha de la sensación de su boca.

—A la mierda Marco, Clau. Llevo años queriendo hacer esto.

Ella abrió los ojos de golpe, procesando lo que acababa de decir, y antes de que la paranoia de "arruinar la amistad" le ganara y empezara a sobrepensar, me adelanté y la volví a besar.

El segundo beso fue más lento, más profundo. Ya no había esa urgencia desesperada de «tengo que comprobar si esto es real», sino el puro gusto de saborearnos. Sus manos bajaron de mi cuello a mi pecho, sintiendo el ritmo desbocado de mi corazón, que juraría que sonaba más fuerte que la música de la discoteca al otro lado de la pared.

Le mordisqueé suavemente el labio inferior y ella soltó una risita entrecortada, de esas que solo ponía cuando estaba ridículamente feliz. Se pegó más a mí, encajando su cadera con la mía en una maniobra que me dejó sin aliento.

—Esperaba que me dijeras eso desde hace tres años, idiota —murmuró contra mis labios, con ese tono medio malcriado que siempre ponía cuando quería ocultar que estaba a punto de llorar de la emoción.

—Bueno, perdón por la demora, es que tus novios me distraían —bromeé, aunque mi mano ya estaba colándose por debajo de su blusa blanca, sintiendo la piel tibia de su espalda.

Claudia dio un respingo, pero en lugar de alejarse, me jaló del cuello hacia abajo con más fuerza. Sus labios volvieron a buscar los míos con un apetito que me hizo olvidar por completo en dónde estábamos. Sentir el encaje negro de su corpiño bajo mis dedos me mandó una descarga eléctrica directamente al vientre.

Estaba a punto de meter la mano por debajo de la pretina de su minifalda cuando la luz del pasillo se filtró bruscamente por la rendija de la puerta.

—¡Oigan! ¿Hay alguien aquí? ¡Necesito sacar una caja de Fernet! —gritó la voz de un tipo desde el pasadizo, seguida por el sonido de pasos pesados aproximándose a la puerta del almacén.

Nos congelamos. La burbuja se rompió en un milisegundo.

Claudia abrió los ojos desorbitados, con la cara roja como un tomate y la blusa toda desacomodada. Soltó un ahogado «¡Mierda!» y, en un acto de puro pánico, me empujó hacia atrás, haciendo que chocara torpemente contra unas cajas de cartón vacías que terminaron rodando por el piso con un estrépito ridículo.

El pomo de la puerta empezó a girar.

—¡Espera, ocupado! —chillé con la voz un octavo más aguda de lo normal, mientras me sobaba la espalda donde me había clavado el filo de una caja.

Claudia estaba tratando frenéticamente de acomodarse la blusa, pero el maldito encaje negro de su corpiño se le había enganchado con la tela blanca. Tenía los labios hinchadísimos y el pelo que era un nido de rulos despeinados. Parecía que la acababa de atropellar un camión de la pasión.

—¿Cómo que ocupado? ¡Si esto es un depósito! —protestó la voz del tipo del otro lado, congelándose con la mano en la perilla.

—¡Estoy cambiando a mi amiga porque se le cayó un trago encima, déjanos un segundo, por favor! —improvisó Claudia a toda velocidad, ajustándose el escote de un jalón seco y mirándome con ojos de pánico puro.

—Ah... bueno, pero apúrense que el barman me está jodiendo —refunfuñó el sujeto antes de escuchar cómo sus pasos se alejaban un par de metros.

Nos quedamos tiesas en la penumbra, escuchando solo nuestras propias respiraciones agitadas. Me llevé una mano a la boca para ahogar una risotada neurótica que amenazaba con salirseles. Claudia me clavó una mirada asesina, pero a los dos segundos sus labios empezaron a temblar y terminó soltando una risita ahogada que resonó en todo el almacén.

—Casi nos atrapan por tu culpa, bestia —susurró, dándome un golpecito en el hombro, aunque no hizo ningún intento por alejarse.

—¿Mi culpa? ¡Tú fuiste la que me empujó contra las cajas como si fuera un cadáver! —le devolví el susurro, agarrándola suavemente de las caderas para pegarla de nuevo a mí—. Además, tú fuiste la que empezó a hacerme ojitos desde que entramos.

—Mentira, tú me jalaste hasta acá —protestó, pero su voz ya no tenía nada de fuerza. Bajó la mirada a mis labios, tragando saliva. La tensión sexual en ese cuartito olía más fuerte que las cajas de cerveza viejas.

—Bueno... ¿nos vamos antes de que el tipo regrese con un bate, o seguimos donde nos quedamos? —le pregunté, rozando mi nariz con la suya, sintiendo cómo se le volvía a acelerar el pulso bajo mis dedos.

Claudia puso los ojos en blanco, pero me dio un último beso rápido en los labios —de esos que dejan ganas de más— antes de acomodarse la ropa como pudo. Abrí la puerta despacio, chequeé que el pasillo estuviera libre y salimos tratando de actuar "normales", aunque estoy segura de que teníamos la cara de culpables más grande de la historia.

Ni siquiera nos molestamos en buscar a nuestros amigos. Sin decir una sola palabra, le tomé la mano a Claudia, entrelazando mis dedos con los suyos, y la guié a paso ligero hacia la salida. La brisa helada de la calle nos dio de lleno en la cara y sentí cómo me bajaba un poco el rubor, pero el cuerpo me seguía ardiendo.

Llegamos a mi carro. Le di al control remoto para quitar el seguro, nos subimos y, en cuanto cerré las puertas, el silencio se volvió densísimo. Saqué las llaves de mi bolsillo, pero ni siquiera las metí en el contacto. La luz amarilla del farol de la calle entraba por el parabrisas, iluminando la mitad del rostro de Claudia.

—Estás demente, Rebeca —dijo, pero no sonaba enojada para nada. Estaba recostada contra el asiento del copiloto, mirándome con el gloss medio corrido y el pecho subiendo y bajando rápido.

—Y a ti te encantó —le respondí, girándome en mi asiento para quedar de frente a ella.

No dijo nada. En lugar de contestar, se quitó el cinturón de seguridad que ni siquiera se había terminado de poner, se estiró sobre la consola central y me agarró del cuello de mi polo beige para traerme hacia ella. El beso en el auto fue mil veces más peligroso porque ya no había ningún tipo de las cajas amenazando con entrar. Olía a su perfume mezclado con el cuero de los asientos y el calor de nuestras respiraciones empañando los vidrios.

Me trepé a medias sobre la consola central desde el lado del conductor, sin importar que la palanca de cambios me estuviera hincando la pierna. Mis manos terminaron directo debajo de su blusa blanca, subiendo por sus costillas hasta llegar al borde de su corpiño morado. Claudia soltó un jadeo bajito, echando la cabeza hacia atrás contra el apoyacabezas y dejándome el cuello completamente expuesto.

—Rebe... —susurró con la voz ronca, agarrándome de las muñecas, pero no para quitarme, sino para presionarme más contra su piel.

Le besé la mandíbula, bajando lentamente por su garganta mientras mis dedos jugaban con el encaje. Podía sentir su corazón latiendo desbocado. Claudia subió una mano a mi muslo, apretando con una firmeza que me hizo soltar un gemido contra su piel. Nos estábamos volviendo locas ahí adentro. La tensión era tan pesada que casi se podía cortar con un cuchillo; era ese punto exacto en el que sabes que estás a un segundo de cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás.

De pronto, un auto pasó pegado al nuestro tocando el claxon fuertemente para estacionarse más adelante. Las luces altas nos iluminaron de golpe por el espejo retrovisor.

Claudia dio un salto y me soltó las muñecas, mirándome con los ojos abiertos de par en par, totalmente descolocada. Las dos estábamos respirando como si hubiéramos corrido un maratón. Mis dedos todavía estaban bajo su ropa y su mano aún rozaba mi pierna.

—Si seguimos aquí... no vamos a parar —dijo con la voz temblorosa, mirándome a los ojos con una mezcla de pánico, deseo y ganas puras de mandar todo al carajo.

Tragué saliva, sintiendo que me temblaban hasta las manos mientras me retiraba despacio, acomodándome de nuevo en el asiento del piloto.

—Sí... —logré decir, tratando de recuperar el aire—. Mejor prendo el carro antes de que terminemos arrestadas por exhibicionismo.

Claudia soltó una risa nerviosa, se acomodó el pelo con las manos temblorosas y yo encendí el motor, aunque me tomó tres intentos meter la llave en el contacto de lo mucho que me temblaban los dedos. Ninguna dijo nada en todo el camino, pero mi mano derecha no se quedó en la palanca de cambios: se fue directo a buscar la suya y la apreté con fuerza todo el trayecto.

Entramos al departamento tropezándonos con nuestros propios pies. Apenas cerré la puerta de un portazo, le pasé el seguro a ciegas porque ya tenía a Claudia colgada de mi cuello devorándome la boca.

Tiramos las llaves y las carteras a cualquier lado; sonó el golpe de algo metálico contra el piso, pero nos importó un carajo. Claudia me empujó de espaldas contra la pared del pasillo y el impacto me sacó un gemido que ella se tragó entero. Su lengua estaba desatada, hambrienta, y sus manos me agarraban del polo como si tuviera miedo de que me desvaneciera. En mi cabeza yo seguía pensando que ella solo "se confundía" cuando estaba triste o borracha, pero la forma en que me buscaba la boca se sentía demasiado real, demasiado experta.

—Tu cuarto, ya —murmuró contra mis labios, respirando como si se estuviera ahogando.

La agarré firme de los muslos y la levanté de un tirón. Claudia enredó sus piernas alrededor de mi cintura instintivamente, clavándome las uñas en los hombros. La llevé a tropezones hasta la cama y caímos de golpe sobre el colchón.

Ahí se acabó cualquier intento de ir despacio.

Le arranqué la blusa blanca de un jalón, dejándola solo con su corpiño negro, mientras ella me sacaba la camiseta beige por la cabeza a tirones. Me desabroché el pantalón cargo y me deshice de él a patadas. Claudia se quedó un segundo congelada mirándome, recorriéndome el torso hasta detenerse en el conjunto morado de encaje negro que me había comprado esa tarde. Sus ojos brillaban desorbitados, con un deseo voraz que me tomó por sorpresa.

—Eres una maldita provocadora, Rebeca... —jadeó, tomándome de la cara con las manos temblorosas mientras yo bajaba a besarle el cuello y las clavículas.

—Y tú tardaste tres años en darte cuenta —le devolví con la voz rasposa, desabrochándole la minifalda de cuero.

Toda la ropa terminó esparcida por el suelo. Nos quedamos completamente desnudas bajo la penumbra del cuarto, mirándonos en un silencio donde solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas. Yo no tenía idea de que Claudia ya sabía perfectamente lo que era estar con una mujer desde sus años de universidad; en mi mente yo seguía siendo su "excepción", su experimento. Pero la seguridad con la que sus manos empezaron a bajar por mis caderas me dejó en claro que no había nada de novata en ella.

Cuando volví a ponerme encima de ella, el contacto piel con piel nos hizo soltar un jadeo al unísono. Mis manos la recorrieron entera: la cintura, la curva suave de sus muslos, deteniéndome despacio donde ella más lo necesitaba. Claudia arqueó la espalda de golpe al sentir mis dedos, escondiendo la cara en el hueco de mi cuello y soltando un gemido ronco que me recorrió toda la espina dorsal.

Nos entregamos la una a la otra con una intensidad desbordada, entre sábanas deshechas, jadeos ahogados y besos torpes. Claudia me tocaba con una devoción y un dominio que me volvían completamente loca, respondiendo a cada uno de mis movimientos como si llevara años deseando tenerme así de cerca.

Al final, cuando el ritmo se volvió frenético y tocamos el cielo juntas, se aferró a mi espalda tan fuerte que supe que me iba a dejar marca. Caímos rendidas una al lado de la otra, sobre mi cama, con las mentes en blanco, los corazones latiendo desbocados y el aire del cuarto impregnado de su perfume de vainilla y el calor de nuestras pieles.

El sol entraba sin piedad por las rendijas de la persiana, dándome de lleno en los ojos. Pestañeé un par de veces, desorientada, sintiendo la cabeza pesada y la boca seca. Estaba envuelta en unas sábanas suaves que olían a un perfume dulce y amaderado que no era el mío.

Giré la cabeza despacio y el corazón se me paró en seco.

Ahí, al lado mío, profundamente dormida y boca abajo, estaba Rebeca. Tenía la espalda al descubierto, con las marcas rojas de mis uñas perfectamente dibujadas sobre su piel morena, y el brazo izquierdo atrapando mi cintura como si fuera un peluche.

Mierda. Mierda, mierda, mierda.

El pánico me cayó encima como un balde de agua helada. Miré al suelo: mi blusa blanca arrugada, mi minifalda de cuero a un metro de la cama, el bendito conjunto morado de encaje de Rebeca hecho un nudo en una esquina... Todo volvió a mi memoria de golpe, sin filtro y en HD. Los besos en el pasillo, las manos de Rebeca, el almacén, el auto empañado, la cama, las cosas que le dije...

¡¿Qué carajos hice?!

Un sudor frío me recorrió el cuello. Sentí que me faltaba el aire. No por arrepentimiento del sexo —porque, por Dios, había sido la mejor noche de mi vida y Rebeca me había hecho ver estrellas que ni sabía que existían—, sino por el desastre emocional en el que me había metido. Rebeca era mi mejor amiga. La única persona en el mundo que había estado ahí incondicionalmente cada vez que un idiota me rompía el corazón. La que traía cajas a las cuatro de la tarde y no me juzgaba.

Y ahora yo había ido y me la había acostado.

¿Y si esto lo arruinaba todo? ¿Y si ella solo lo hizo por lástima, o porque estaba despechada, o porque pensaba que yo era una inestable que usaba a la gente cuando estaba triste? Ella no sabía que yo era bisexual desde la universidad, no tenía idea de que llevaba meses teniendo pensamientos impropios sobre ella. Seguro pensaba que yo era una loca atolondrada que la había usado para olvidar a Marco.

Traté de liberarme del agarre de su brazo con el pulso a mil por hora y movimientos de ninja hiperventilada. Zafé una pierna, luego la otra, conteniendo la respiración cada vez que Rebeca murmuraba algo entre sueños. Logré escabullirme hasta el borde de la cama, agarré mi minifalda y mi blusa del suelo con manos temblorosas y me las puse a toda velocidad, torpe y desesperada por encontrar una salida antes de que abriera los ojos y tuviéramos "la conversación".

Estaba con un pie adentro del pantalón de Rebeca —sí, en mi nivel de desesperación confundí sus pantalones cargo con los míos— cuando escuché que las sábanas se movían a mis espaldas.

—¿Clau...? —su voz salió rasposa, mañanera y ridículamente tierna.

Me congelé como un ciervo encandilado por las luces de un camión. Me giré despacio, con un solo pie metido en su pantalón, la blusa blanca mal abotonada y el pelo hecho un nudo de rulos enredados. Rebeca se estaba sobando un ojo, despeinada, con la espalda destapada y una sonrisa perezosa que se le fue borrando gradualmente de la cara al ver mi cara de pánico puro.

—¿Qué haces? —preguntó, apoyándose en un codo y arrugando el entrecejo con esa arruguita característica que le salía cuando no entendía nada.

—Nada, yo... este... estaba buscando mis cosas —balbuceé, la voz me salió en un hilo agudo patético. Me zafé de su pantalón de un tirón seco y empecé a dar vueltas en círculos por su cuarto como un pollo sin cabeza, recogiendo mis zapatillas y mi bolso.

Rebeca se sentó en la cama, jalando la sábana para cubrirse el pecho. Su mirada pasó de la confusión al enojo en cuestión de tres segundos.

—¿Te estás escapando, Claudia? ¿En serio? —dijo, y el tono frío de su voz me cayó como una patada en el estómago.

—¡No me estoy escapando! Solo... es tarde y tengo que... procesar —solté, agarrando mis zapatillas contra el pecho como si fueran un escudo protector—. Rebe, lo de anoche... nosotras no... o sea, estuvo increíble, pero ¿y si arruinamos todo? Eres mi mejor amiga. Si esto sale mal, me muero. No puedo perderte a ti también.

Rebeca me miró en silencio durante un segundo que se sintió eterno. Luego dejó ir una risita amarga, negó con la cabeza y se pasó las manos por la cara.

—Ayer no parecías muy preocupada por la amistad cuando me estabas quitando la ropa en el pasillo, Claudia —soltó con una firmeza que me dejó helada—. Si querías un acostón de una noche para subirte el autoestima después de Marco, me lo hubieras dicho y ya. No tenías que actuar como si llevaras años deseándome para luego salir corriendo a las ocho de la mañana como si yo fuera un apestado.

—¡Eso no es verdad! ¡No fue por Marco! —grité antes de poder frenarme.

Las palabras salieron de mi boca sin filtro, despeñándose por el barranco de mi propio pánico. Rebeca levantó las cejas, totalmente sorprendida por mi arrebato. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que me iba a explotar en las costillas.

—¡A mí me gustan las mujeres desde la universidad, Rebeca! ¡Y llevo meses muerta de miedo porque no sé qué hacer con lo que siento por ti! —solté de golpe, prácticamente jadeando, con las zapatillas aún apretadas contra el pecho.

El silencio que siguió en la habitación fue abrumador. Se podía escuchar hasta el vuelo de una mosca.

Rebeca se quedó petrificada en medio de la cama, con la sábana aferrada a su pecho y los ojos abiertos de par en par. La arruguita de su entrecejo desapareció, reemplazada por una expresión de shock absoluto.

—¿Qué...? —susurró, como si le hubiera hablado en un idioma inventado—. ¿Cómo que desde la universidad? Tú me dijiste en la escuela que...

—¡Tenía diecisiete años y estaba asustada! —la interrumpí, sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas de pura frustración e inmadurez—. Luego en la universidad me di cuenta de que también me gustaban las chicas, pero no te dije nada porque tú ya estabas en tu mundo y nos habíamos distanciado. Y cuando nos reencontramos... ya eras mi lugar seguro. Tenía pánico de contártelo, meter la pata y perder a la única persona que nunca me ha dejado tirada.

Rebeca parpadeó lentamente, procesando cada palabra. Bajó la mirada un segundo, atando cabos en su cabeza sobre todas las veces que me había visto llorar por un tipo, sobre cómo me pegaba a ella en las discotecas, sobre todo el teatro de anoche.

—Claudia... —su voz ya no sonaba fría, sino dolorosamente suave—. Pensaste que te iba a juzgar... ¿yo? ¿La que lleva tres años suspirando por ti en secreto mientras escuchaba las historias de tus novios idiotas?

Se me cayó una zapatilla al suelo.

—¿Qué? —balbuceé, sintiéndome la persona más estúpida del planeta.

Rebeca soltó un bufido, mitad risa, mitad frustración, y tiró la sábana a un lado sin importarle estar desnuda. Se levantó de la cama con paso decidido, acortando la distancia entre las dos antes de que yo pudiera dar un solo paso hacia atrás. Me quitó la otra zapatilla de las manos, la tiró al piso y me tomó firmemente de la cara con ambas manos, obligándome a mirarla directamente a los ojos.

—Eres increíblemente idiota, Clau —murmuró, rozando su nariz con la mía—. No estás arruinando nada. Y no te vas a ir a ningún lado hasta que hablemos como dos personas adultas... o hasta que se me pase el hambre y me hagas el desayuno.

Sentí que todo el aire acumulado en mi pecho finalmente salía en un suspiro tembloroso. Sonreí de lado, aún con los ojos empañados.

—No sé cocinar, Rebe, ya lo sabes.

—Entonces pide delivery —dijo ella, sonriendo de vuelta antes de atrapar mis labios en un beso lento, tibio y mañanero que borró de un plumazo todo el pánico que me quedaba.

El beso duró hasta que a las dos se nos acabó el aire. Rebeca se separó apenas unos milímetros, mirándome con esa sonrisa de autosuficiencia que siempre me revolvía el estómago, antes de darme un golpecito en la cadera.

—Bien, ya que arreglamos tu drama existencial de las ocho de la mañana, me voy a bañar. Y ve pidiendo el delivery, que me muero de hambre —dijo, dándose la vuelta para caminar hacia el baño en perfecta desnudez.

Verla caminar así, con la espalda recta, las curvas de su cadera marcadas y la piel morena todavía tibia por la mañana, me encendió un cable en el cerebro. El pánico de hace cinco minutos se evaporó por completo, reemplazado por un impulso repentino, inmaduro y ridículamente posesivo.

—El desayuno va a tener que esperar, Rebe —murmuré.

Antes de que alcanzara el marco de la puerta, la agarré de la cintura por detrás y la jalé de regreso hacia la cama. Rebeca soltó un grito ahogado de sorpresa, riéndose mientras caía de espaldas sobre el colchón.

—¡Claudia! ¿Qué haces? Te dije que tengo hambre —protestó, tratando de incorporarse sobre los codos.

—Yo también —le devolví, poniéndome sobre mis rodillas entre sus piernas.

Rebeca se congeló. La risa se le borró de los labios en un segundo cuando vio la determinación en mi cara. Nunca me había visto tomar la iniciativa de esta forma, y la arruguita de su entrecejo amenazó con volver, pero esta vez teñida de una expectación que le aceleró la respiración.

Le agarré los muslos con firmeza, abriéndolos despacio, y me deslicé hacia abajo hasta quedar cara a cara con su centro. El perfume amaderado de su piel mezclado con el calor de la noche anterior era intoxicante. Levanté la vista un segundo: Rebeca me miraba con los ojos abiertos de par en par, las mejillas encendidas en un rubor precioso y los labios entreabiertos.

—Clau... —alcanzó a susurrar, con la voz temblándole.

Sin darle tiempo a sobrepensar —porque ya bastante habíamos pensado las dos esa mañana—, bajé la cabeza y pasé la lengua despacio, suave, probándola por primera vez.

El impacto fue inmediato. Rebeca soltó un jadeo agudo, echando la cabeza hacia atrás contra la almohada y clavando las manos en las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sentir cómo se estremecía entera ante mi toque me dio una descarga de poder directa al pecho.

—Dios, Claudia... —gemó, intentando mantener el control, pero la firmeza de sus piernas contra mis hombros la delataba.

Aumenté el ritmo, alternando pasadas lentas con toques más firmes, buscando la reacción de su cuerpo hasta encontrar la cadencia exacta que la hacía arquear la espalda. Rebeca ya no sonreía, no se estaba burlando ni me estaba guiñando el ojo; estaba completamente a mi merced, soltando gemidos entrecortados y enredando sus dedos en mis rulos para presionarme más contra ella.

Saber que era yo la que la tenía así, deshecha y respirando a tirones, hizo que cualquier rastro de duda sobre nosotras desapareciera. Me quedé ahí, disfrutando de cada temblor de su cuerpo hasta que sintió que se le aflojaban las piernas y se entregó por completo.

Rebeca soltó un último suspiro tembloroso, dejándose caer pesadamente sobre la cama con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando a mil por hora. Sus manos, que todavía seguían enredadas en mis rulos, se aflojaron despacio hasta posarse sobre mis hombros.

Me acomodé hacia arriba sobre el colchón, gateando lentamente hasta quedar frente a ella, mirándola con una sonrisa llena de orgullo que no me cabía en la cara. Verla así, totalmente desarmada por mi culpa, era la mejor sensación del mundo.

Rebeca abrió un ojo despacio, me miró y soltó una risita ahogada mientras se pasaba un brazo por la cara para cubrirse la vergüenza.

—Eres una maldita abusiva, Claudia —murmuró con la voz rasposa, jalándome del cuello para pegarme a su pecho.

—Tú dijiste que tenías hambre, así que técnicamente solo estaba respondiendo a tu llamado —le respondí, acomodándome en el hueco de su cuello y rodeándole la cintura con un brazo.

—Ja, ja. Muy graciosa —refunfuñó, aunque me estaba acariciando la espalda con una suavidad que contradecía todo su dramatismo—. Pero ahora sí me estoy muriendo de hambre de verdad, de la de comer algo de verdad. Si no pedimos comida en este preciso instante, me voy a comer las sábanas.

—Está bien, pide lo que quieras —susurré, dándole un beso tierno en la barbilla—. Yo invito. Considéralo mi pago por los tres años de espera.

Rebeca soltó una carcajada limpia que resonó en todo el cuarto, agarró su teléfono de la mesa de noche y empezó a navegar por la app de delivery mientras me despeinaba con la otra mano. Ahí, acostadas en medio del desorden de su cama, entre ropa tirada, sábanas revueltas y el olor a la mañana, por fin me di cuenta de que no había nada que temer. No habíamos arruinado nuestra amistad; solo le habíamos quitado el freno de mano a algo que ya era inevitable.

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