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Horas Extras en el Piso VeintitrésEl reloj de la pared marcaba las 21:40. La oficina del piso veintitrés estaba completamente en silencio, salvo por el zumbido constante del aire acondicionado y el golpeteo rítmico de los dedos de Sofía sobre el teclado. El informe financiero para el cierre trimestral tenía que estar listo antes de la medianoche, y ella era la única insensata que seguía en el edificio. O eso creía, hasta que escuchó unos pasos firmes y conocidos resonar en la moqueta del pasillo. Valentina apareció en el umbral de su cubículo con la chaqueta del traje en el hombro y la corbata —o lo que quedaba de ella— ligeramente aflojada. Era la directora de operaciones, su jefa directa desde hacía ocho meses y la única persona en el mundo capaz de hacer que a Sofía se le olvidara cómo respirar con una sola mirada por encima de las gafas. —¿Sigues aquí, Sofía? —preguntó Valentina con esa voz grave y pausada que parecía diseñada exclusivamente para alterar los nervios de cualquiera. —Alguien tiene que salvarle los muebles al departamento de contabilidad, Valentina —respondió ella sin levantar la vista de la pantalla, intentando mantener la voz firme a pesar de que el estómago le acababa de dar un vuelco—. Si no termino este balance, mañana el comité de directores nos crucifica. Valentina soltó una risa corta, grave, y caminó despacio hasta detenerse justo al lado de su escritorio. El aroma de su perfume —madera de sándalo y un toque sutil de cítricos— invadió el espacio personal de Sofía de inmediato. Sofía tragó saliva con dificultad. Desde el primer día de trabajo, la tensión entre ambas había sido una bomba de tiempo silenciosa: miradas demasiado largas en las salas de reuniones, roces accidentales en la fotocopiadora que duraban un segundo más de la cuenta, y indirectas con doble sentido que se quedaban suspendidas en el aire de la oficina. —El comité puede esperar —murmuró Valentina, inclinándose ligeramente sobre el borde del escritorio, invadiendo su espacio con una calma calculada—. Lo que no puede esperar es mi paciencia. Llevo una hora encerrada en mi oficina intentando concentrarme, pero solo puedo pensar en que te prometí un café a las seis que nunca nos tomamos. Sofía giró la silla lentamente para enfrentarla. Tenía a Valentina a menos de medio metro. La luz tenue de las lámparas de emergencia del pasillo delineaba su perfil con elegancia. —Estábamos muy ocupadas, supongo... o tal vez ninguna de las dos se atrevía a dar el primer paso —soltó Sofía, arriesgándose de repente, impulsada por el cansancio acumulado y las semanas de tensión contenida. Valentina la miró fijamente. Sus ojos oscuros brillaron con un destello de pura travesura antes de que una sonrisa lenta se dibujara en sus labios. —Nunca digas que no me atrevo a algo, Sofía. Menos contigo. Sin decir una palabra más, Valentina estiró la mano y, con una lentitud desesperante, apagó el monitor de la computadora de Sofía con la punta de los dedos. La pantalla se quedó en negro, reflejando vagamente los rostros de ambas en la penumbra. El corazón de Sofía empezó a latir desbocado contra sus costillas. —¿Qué haces? El informe... —alcanzó a protestar, aunque su voz sonó más a una invitación que a un reproche. —Que le den al informe —susurró Valentina, dando un paso al frente y obligando a Sofía a recostarse contra el respaldo de la silla—. Llevamos meses jugando a este maldito juego de oficina, y estoy exhausta de fingir que eres solo una empleada ejemplar. Antes de que Sofía pudiera procesar el golpe de adrenalina, las manos firmes de Valentina se posaron en los reposabrazos de la silla, atrapándola por completo. Su boca encontró la de Sofía en un beso hambriento, directo y sin contemplaciones. No hubo vacilación; fue un choque de labios que supo a urgencia y a café frío, a todas las miradas cruzadas en los pasillos y a las puertas cerradas de la sala de juntas. Sofía soltó un suspiro ahogado contra su boca, sintiendo que el suelo se le desvanecía bajo los pies. Sus manos, casi por instinto, subieron por los hombros de Valentina, enredándose en la solapa de su camisa y tirando de ella con fuerza para pegarla aún más a su cuerpo. Valentina respondió con un gemido bajo, profundizando el beso y colando una mano por la cintura de Sofía, recorriendo la piel caliente de su talle con una maestría que la hizo arquear la espalda. —Dios, Valentina... —logró murmurar Sofía entre beso y beso, con los labios hinchados y el pulso disparado—. Estamos en medio de la oficina... alguien podría... —Nadie sube al piso veintitrés a estas horas, y si lo hacen, que intenten despedirme —replicó Valentina con una seguridad arrogante que la hizo enloquecer aún más. Valentina la tomó de las caderas y, con un movimiento firme, la obligó a ponerse de pie. El escritorio quedó atrás cuando la arrinconó contra el ventanal gigante que daba a la ciudad iluminada. La fría superficie del vidrio contrastaba violentamente con el calor sofocante de sus pieles. La tensión acumulada durante meses estalló sin freno. Valentina le deshizo los primeros botones de la camisa a Sofía con torpeza y velocidad, mientras sus labios bajaban devorando su cuello, buscando las zonas más sensibles y arrancándole gemidos que rebotaban en las paredes de cristal del cubículo vacío. Sofía, con las manos temblorosas, le desabrochó la corbata a Valentina y se la arrancó del cuello, tirándola al suelo sin importarle nada. Le metió los dedos bajo la blusa de seda, sintiendo el ritmo frenético del corazón de su jefa contra la palma de su mano. Se besaban con la desesperación de quienes llevan demasiado tiempo conteniéndose, recorriendo sus cuerpos a tientas en la penumbra de la gran empresa. Cada roce era más intenso, cada caricia más audaz, desafiando el riesgo estúpido de estar haciendo exactamente lo que las reglas prohibían en el lugar menos indicado. Minutos después, entre respiraciones cortas, risas nerviosas y sábanas improvisadas con chaquetas sobre la alfombra del despacho privado de Valentina —a donde se habían arrastrado a tropezones huyendo de los ventanales—, el silencio volvió a instalarse en el piso veintitrés. Sofía yacía boca arriba, mirando el techo oscuro, con la chaqueta de Valentina cubriéndole los hombros y una sonrisa estúpida e inevitable dibujada en los labios. Valentina estaba recostada a su lado, pasándole un dedo distraído por la clavícula, con los cabellos revueltos y el semblante relajado por primera vez desde que la conocía. —Creo que este ha sido el mejor cierre trimestral de la historia de la compañía —murmuró Valentina con voz ronca, dándole un beso tierno en el hombro. —Si el departamento de auditoría se entera de esto, nos mand a la cárcel —respondió Sofía riendo bajito, mientras entrelazaba sus dedos con los de ella. —Entonces más nos vale que el próximo informe lo hagamos desde mi casa. |