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Categoría: Amor filial
Autor: KPaja

Una noche loca con papi

La noche estaba pesada, de esas donde el calor te pega la ropa al cuerpo y no corre ni una gota de aire. Martín entró a la casa, tiró las llaves sobre la mesa de la entrada y se aflojó el cuello de la camisa. Había una diferencia de edad evidente entre los dos, una distancia de años que al principio ponía un freno invisible, pero que últimamente solo servía para prender fuego el ambiente cada vez que se cruzaban en el pasillo.

El silencio de la casa era absoluto, salvo por un murmullo sutil que venía del cuarto de ella. La puerta estaba apenas entornada, dejando escapar una hendija de luz cálida.

Martín se acercó despacio, casi sin respirar. Al asomarse, el corazón le dio un vuelco.

Su hija estaba tirada en la cama, completamente ajena a su llegada. Tenía la remera levantada hasta las costillas y una mano perdida entre las piernas, moviéndose con un ritmo lento, pesado, que a Martín le secó la boca al instante. Tenía los ojos cerrados, la respiración entrecortada y soltaba unos gemidos bajitos, ahogados por el calor de la habitación. Se estaba provocando a sí misma, disfrutando de su propia intimidad, completamente entregada al juego.

De golpe, ella abrió los ojos y lo vio ahí parado, mirándola fijo desde la puerta. Lejos de asustarse o taparse, Camila clavó la mirada en él, sostuvo el ritmo de sus dedos por un segundo más y sonrió con una audacia que a Martín le voló la cabeza.

— Papá, ¿Te vas a quedar ahí mirando como un tonto o vas a entrar de una vez? —le soltó ella, con la voz rota por el deseo.

Martín no esperó una segunda invitación. Empujó la puerta, caminó a paso firme hacia la cama mientras se desabrochaba los botones de la camisa y se la sacó de un tirón, dejando ver el torso marcado y la piel ya brillante por el calor. Se subió a la cama, quedando de rodillas por encima de ella, acorralándola contra las sábanas. La diferencia de contextura y de años solo hacía que la escena fuera mil veces más intensa.

— Sos una atrevida tremenda —le dijo él, con la voz gruesa, tomándola de la mandíbula con firmeza para obligarla a mirarlo—. No tenés idea de las ganas que te tengo.

— Demostramelo entonces, dale —provocó ella, arqueando la espalda, buscando el roce de sus cuerpos y enredando los dedos en el pelo de él para arrastrarlo hacia su boca.

El beso fue salvaje, directo, una descarga de toda la tensión acumulada durante meses. Las lenguas se encontraron con fuerza, desesperadas, mezclando el sabor del sudor y las ganas retenidas. Martín bajó una de sus manos pesadas por el vientre de su hija, apretándole la cintura con firmeza, mientras ella gemía directamente dentro de su boca, completamente encendida. 

Martín le soltó la boca solo para bajar los besos por el cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras ella gemía fuerte, entregada, arañándole la espalda con las uñas. El calor en la habitación ya era insoportable, pero el fuego que tenían encima era mil veces peor.

— Estás completamente loca, pendeja —le gruñó él al oído, con la voz rota y gruesa—. Me vas a volver loco a mí también.

— Callate y sacame esto, dale —le contestó Camila, desesperada, levantando la cadera para ayudarlo.

Martín no dio vueltas. De un tirón seco le arrancó la bombacha, dejándola completamente desnuda. La miró de arriba abajo, relamiéndose, disfrutando de verla así, temblando de las ganas bajo su cuerpo. Camila no aguantó más la espera; estiró la mano, le agarró el jean y le bajó el cierre liberando su miembro que ya empujaba, durísimo y completamente venoso, pidiendo pista.

Ella lo agarró con fuerza, hundiéndole los dedos, guiándolo directo hacia su intimidad que estaba empapada, hecha un fuego. Cuando la punta rozó sus labios mojados, soltó un insulto al aire, arqueando la espalda por el escalofrío que le recorrió el cuerpo.

— Mirame —le ordenó Martín, agarrándola firme de los muslos para abrírselos bien, clavándole los ojos con esa autoridad que a ella la volvía loca—. Mirame bien.

Se acomodó y se la mandó de un solo viaje, hondo, clavándose hasta el fondo.

— ¡Ahhh, papá! —gritó ella, tirando la cabeza hacia atrás, apretando las sábanas con las manos mientras sentía cómo él la llenaba por completo, estirándola toda.

Él se quedó quieto un segundo, apretando los dientes, saboreando lo apretada y caliente que estaba por dentro su hija, aguantando la leche que se le venía a la boca de la pura intensidad. Empezó a moverse de inmediato, primero con estocadas largas y pesadas, haciéndola gemir con cada impacto, y después metiéndole un ritmo salvaje, sin piedad. El ruido húmedo de los cuerpos chocando llenó la habitación, mezclado con la respiración jadeante de los dos.

— Sos mía, ¿escuchaste? Te voy a romper toda —le decía él, dándole durísimo, implacable, mientras le levantaba las piernas para entrarle todavía más profundo.

— Sí, dale... más fuerte, por favor, metémela toda —rogaba ella, completamente ida, moviendo la cadera con desesperación para buscar cada golpe, sintiendo que la fricción la estaba llevando directo al borde del abismo. 

Martín la agarró con más fuerza de las caderas, levantándoselas para cambiar el ángulo y entrarle todavía más al hueso. El roce era puro fuego, un estrujo húmedo y ruidoso que retumbaba en las paredes del cuarto. Ella sentía cada veta, cada milímetro de él rozándole las paredes internas, poniéndole los ojos en blanco.

— Así, dale... no pares, papi, metémela toda que me muero —le suplicó su hija, entregada por completo a su padre.

A Martín se le transformó la cara. Escucharla decirle "papi" con esa voz rota, mientras sentía cómo los músculos de ella lo estrujaban desde adentro, le dio el empujón definitivo. Le metió una estocada brutal, a fondo, que la hizo dar un grito ahogado.

—¿Te gusta así, hija? ¿Te gusta que papi te dé duro? —le gruñó él, con el aliento quemándole la oreja, totalmente sacado—. Mirá cómo estás, estás chorreando. Sos una adicta a esto y sos mi hija.

— Sí, papi, soy tuya... dame más, rompeme —gemía ella, arañándole los hombros, clavándole las uñas en la espalda mientras arqueaba la columna para recibir los golpes secos y violentos que él le metía sin piedad.

Él aceleró el ritmo a fondo, volviéndose completamente implacable. Martín le bajó las piernas, la dio vuelta de un tirón y la puso en cuatro patas, hundiéndole los dedos en la carne de la cola para acomodarla. Ella apoyó la cabeza en la almohada, entregando la cadera bien alta, temblando.

Sin perder un segundo, él se la mandó desde atrás de un solo viaje. El impacto fue tan fuerte que Camila soltó un quejido agudo, sintiendo que él le tocaba el alma. Martín empezó a darle azotes secos en las nalgas, dejando la marca de su mano en la piel roja y caliente, mientras la embestía con una velocidad salvaje.

— No doy más, papi, me vengo, papi, me vengo ya —gritó ella, sintiendo la oleada de calor que le explotaba entre las piernas.

— Esperame hija, nos venimos juntos —le contestó él, tomándola del pelo con suavidad pero con firmeza para tirarle la cabeza hacia atrás, dándole las últimas estocadas, las más profundas y desesperadas, sintiendo cómo la vagina de ella empezaba a contraerse en espasmos violentos que lo succionaban por completo. 

Camila soltó un grito desgarrador, hundiéndose en la almohada mientras su cuerpo entero se sacudía por espasmos violentos. La vagina lo apretaba con una fuerza descomunal, succionándolo, exprimiéndole hasta la última gota de cordura en un orgasmo que parecía no terminar nunca.

Sentir esa presión interna y los gritos de ella fue el detonante final para Martín. Sintió el viaje directo desde la espina dorsal y ya no pudo contenerse más.

— Te la tiro adentro, hijita, te lleno toda —le rugió al oído, completamente sacado.

Le metió tres estocadas brutales, profundas, clavándose al hueso, y se vino con todo. Se quedó pegado a ella, empujando la cadera a fondo mientras le descargaba chorros y chorros de leche caliente bien adentro, inundándola por completo. El placer fue tan intenso que a Martín se le nubló la vista, soltando un gemido ronco, largo, que le vació el pecho.

Se quedaron así unos segundos, estáticos, unidos en el centro de la cama, escuchando únicamente los latidos acelerados de sus corazones y las respiraciones pesadas que cortaban el silencio del cuarto. El calor de los cuerpos mezclado con el sudor y el olor a sexo inundaba el ambiente.

Despacio, Martín se fue saliendo, dejando escapar un sonido húmedo que delataba el desborde que había dejado adentro de ella. Se dejó caer de costado, completamente agotado, y tiró el brazo por encima de la cintura de Camila, atrayéndola hacia él.

Ella se dio vuelta, con las piernas todavía temblando y los ojos brillantes, y se pegó a su pecho, buscando su calor. Le dio un beso tierno en los labios, saboreando el final de la locura.

— Estuviste increíble, papi —le susurró con una sonrisa pícara, acomodando la cabeza en su hombro mientras la noche, por fin, empezaba a refrescar.